Dios da, pero sobre todo, quita. Quita sin avisar y sin que puedas hacer nada para evitarlo. Primero te quita poquito, como probándote. Luego empieza a quitar de verdad. Hasta que se enoja en serio y se lleva lo que dabas por sentado, lo que creíste eterno, lo que más amabas. “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito”.
Cuando Dios se enoja, se lleva a tu gente, a tus sueños; se lleva tu futuro. Te arrebata la juventud en cuotas, el amor en plazos, la salud en cobros sorpresa. Te dice: “No amontones tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen”, y como es justo, lo cumple. Te quita lo que has construido con los años. Y cuando crees que ya no tienes nada que perder, te recuerda que siempre queda algo más.
Dios es un cobrador sin piedad. “Porque al que tiene, le será dado; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado”. Su paciencia es infinita, y su rencor también. Cuando se enoja, te deja en la calle… desnudo, enfermo, humillado. Y luego, como si no fuera suficiente, al final te quita la existencia y nada bajo el sol es distinto sin ti. El mundo sigue como si nunca lo hubieras pisado.
Dios da, pero sobre todo, quita. Cuando Dios está enojado, todo quita.